Estas son realidades que el común desconoce... de la mano de un gran Profesional y Amigo Rafael Rodriguez Olmos
100% Venezuela
Delfina se quiere morir
RAFAEL RODRIGUEZ OLMOS
Me sorprendió ese rostro rubicundo y sucio aparecido frente a la mesa donde tomaba café en una panadería de la avenida Bolívar, justo frente adonde se dan los toques finales de lo que será la Estación Cedeño del Metro de Valencia. No dijo nada, sólo extendió la mano y pidió dinero para tomar café y comerse un cachito cuando apenas eran las ocho de la mañana. La expresión de sus ojos fue lo que me llamó la atención. Al contrario de otras miradas, ésta era profundamente triste, como resignada a existir sin vivir, a estar sin ser, a oxigenarse sin respirar.
No me importó el suéter gris, ajado, raído y de mal olor. Tampoco el jeans manchado, pegajoso y grasiento, ni las sandalias alguna vez bonitas y finas, signo de algún regalo de un buen samaritano, ni las uñas de los pies, largas, sucias y curtidas, ni las manos callosas y sin lavar. Como por un acto reflejo le ordené sentarse. Me puse de pie como el caballero que atiende a una dama y fui por su cachito y su café “con leche grande y que me gusta muy caliente y con dos azuca”, fue el comentario más largo desde que se acercó. Esperé pacientemente por el despacho, pagué y regresé a aquella... no sé qué, ¿conquista? que me esperaba con expresión de asombro, no sé si por el desayuno o el acto de cortesía que nunca había recibido.
“Me llamo Delfina” me dijo, mientras engullía el pan y saboreaba el café. A veces miraba de reojo como esperando alguna petición de mi parte, o algún reproche, o algún interrogatorio. Aproveché un grupo de niños con uniforme que entró al comercio y comenté que las clases estaban comenzando. No hubo nada más que decir. Casi como un acto involuntario, Delfina comenzó a contar su tragedia. 31 años que aparenta 50, siete hijos que ve esporádicamente, el mayor de 15 y el menor de siete, tres viven con la abuela materna, uno con el penúltimo marido y los otros con un tíoabuelo que los recogió por caridad.
Un halo de tristeza invade su rostro de repente, los ojos se nublan, “porque yo estudié hasta segundo de bachillerato, pero mi mamá no me podía seguir pagando los estudios. Ella hacía empanadas y una vez cuando la llevaba a vender, un autobús la atropelló y la mató y ya no tuve mamá, porque tampoco tenía papá”.
Narra que fue a parar a casa de una tía, que tampoco tenía recursos para ayudarla a seguir estudiando.
“No te creas, yo era buena estudiante. Me gustaba mucho la matemática y la geografía”, comenta como para argumentarme que valió la pena ayudarla.
A los 16 años un mecánico la preñó, a los 17 un autobusero, a los 18 el malandro más arrecho del barrio. A los 19 un hombre se enamoró de ella y se la llevó a vivir con él asumiendo los tres muchachos, pero le puso dos más. Un año después, el crack volvió al tipo un violento y lo dejó “porque mi mamá no me pegó y yo no quiero que me peguen”.
¿Cómo vinieron los otros dos muchachos?
Le pregunto. “Un policía y un hijueputa portugués que me violó rascado cuando yo lavaba un baño en un botiquín donde era dueño”.
La gente pasaba y nos miraba como la pareja de anormales que están utilizando una mesa, ensuciando el negocio. De repente fue como si hubiera reconocido su condición: se paró, dio las gracias con una sonrisa totalmente careada y se retiró. Sólo alcancé a preguntarle ¿quieres algo más? La respuesta me descolgó por completo: “Me quiero morir”.
