Frente al viejo vagón

Rafael Rodríguez Olmos

La intensidad de la lluvia me obligó a detenerme frente al viejo vagón que alguna vez formó parte del ferrocarril Caracas-Puerto Cabello, ahora cobijo de una frutería que expende los mejores jugos de frutas naturales de Valencia. Me bajé del carro y opté por tomar jugo. El se acercó a pedirme para comprar un pastelito de carne, de los que venden en el mismo negocio. Debió tener ocho años y una sonrisa mezcla de ingenuidad y esperanza. Me despertó simpatía su capacidad de expresión, más bien su extraordinaria potencia para defenderse de cualquier ataque por parte de quienes rechazan a los pedigüeños. “Es que lo necesito pa´come porque con seis hermanos mi mamá casi nunca le alcanza y nojotros tenemos que inventarnosla fuera y llevá algo de plata para la casa. ¿Entendiste Jou?”. Un amigo me explicó después que la expresión respondía al pronombre en inglés you y que es muy usada en las zonas populares. Le compré el pastelito y comenzamos a hablar. Estudiaba segundo grado y le encantaba que le enseñaran las notas completas del himno nacional. “A mi me gusta cantá y cuando sea grande, voy a tocá las congas”. Fue en ese momento cuando apareció otro niño, de un parecido extraordinario, empapado, metido en chores, una franela azul medio rota y zapatos de tennis que le quedaban sorpresivamente grandes. “Háblame” le dijo al hermano. “¿me vas a dar?” lo inquirió. También me explicó el amigo que la expresión forma parte de la jerga de los habitantes de las zonas populares.
Este debía tener seis años y aún me reprocho el no haberle preguntado las edades. Me despertó más simpatía, esa mezcla de inocencia y capacidad para vacilarse a los demás. Por alguna razón sentía que se la estaba comiendo, pues también me doblegué y le brinde el pastelito y el jugo. Mientras comía me hurgaba con la mirada, hasta preguntarme el nombre. “Rafael” le dije. “Yo me llamo Tomás y este se llama Pedro” explicó como convencido de que había pasado a dominar la situación. “Y ese carro es tuyo… Cuando yo tenga bastante rial y mi mamá me deje, voy a comprarme uno bien bonito, pero vinotinto porque es el que me gusta”. Confesó que no había ido a la escuela porque su mamá no había tenido tiempo de inscribirlo. También narró cómo su mamá les explicaba que tenía que conseguir “bastante rial” para poder vivir. “Mi hermana tiene 13 y se queda en la casa cuidando a mis hermanitos que mi mamá no los deja salir. Solo vamos Pedro y yo, que pedimos hasta la tarde y nos vamos temprano antes que nos agarre la noche porque mi mamá se preocupa y nos puede pasar algo. A veces reunimos 10 mil o hasta 15 mil. Una señora el otro día nos regaló 10 mil bolos pa´los dos”.
Tomás no paraba de hablar y debí interrumpirlo para preguntarle si no les daba miedo andar tan pequeños solos por la calle. Me explicó entonces que un tipo los había agarrado y los metió a un monte cerca del parque Los Enanitos. “Pero nos le escapamos”. Sin embargo, lo que narró a continuación, me obligó a subirme a mi carro y seguir en mi mundo de fantasía. “Ese mismo tipo, agarró a muchachito por allá abajo por el puente de la avenida Lara y lo cojió. El vino con todos los pantalones manchados de sangre... Por la tardecita, unos muchachos de la plaza, vieron al tipo y lo siguieron cuando se metió por el montarral, y allí le dieron un poco de puñaladas y lo dejaron tirado. Después, al oootro diooota, lo encontró la policía muerto”.
Estoy seguro de que Tomás no llega a los siete años. Circunda la zona de la cultura del estado Carabobo y aún no está en la escuela, pero ya sabe lo que es una violación y lo que es un asesinato, y obviamente un pastelito de carne, porque lo pide todos los días.